
1.
Encontré la escalera espaciosa y con una decoración un tanto ostentosa, pero el olor, ¡ah!, el aroma era único. El Conservatorio del Liceo tenía un olor peculiar, quizás a madera; era el olor que siempre he relacionado con un espacio dedicado exclusivamente a la música.
A los quince años decidí que no podía demorar más el inicio de mis estudios de música. La primera sorpresa fue entrar en una pequeña aula y encontrar un profesor provecto y simpático, y entre ambos decidir horarios, compra de instrumento y partituras. De la clase de la escuela religiosa, con cerca de cincuenta chicos (las chicas iban a otra escuela), pasaba a asistir a una clase de instrumento individual. Me tendría que adaptar, aprender música “era así”, un tipo de relación entre dos personas.
Al obtener mi primer violín, experimenté una sensación de logro; aunque me incomodaba un poco llevar por la calle el estuche de violín, me sentía diferente y fuera de lo común para la época.
En relación con la escuela, el Conservatorio tenía una ventaja importante: la soledad de la clase de instrumento contrastaba con la socialización que hacíamos chicos y chicas en el pasillo; a diferencia de la escuela religiosa, en el Conservatorio no se practicaba la separación por sexo.
La clase de instrumento estaba siempre acompañada por una asignatura complementaria: la teoría y el solfeo. Este sistema de aprendizaje que se introdujo en centros de enseñanza musical en la Francia del siglo XVII continuaba siendo “el método” indiscutible, el único que daba las garantías para acceder al conocimiento y a la práctica de la música.
¿Y cuál era el material que iniciaba a los alumnos en su instrumento? Aurelio Magnani (1856-1921) por el clarinete, Apollon Barret (1804-1879) para el oboe o Mathieu Crickboom (1871-1947) en cuanto al violín, todos los intérpretes y compositores relacionados con un extraordinario periodo de desarrollo de la música de cámara y de la orquesta sinfónica: el siglo XIX y los primeros años del XX.
Muchos de estos métodos incluían diversos materiales que se consideraban imprescindibles, como las escalas, los arpegios y los estudios. En algunos capítulos podíamos encontrar dúos, a menudo para interpretar entre el profesor y el alumno. ¿Y cuál era el objetivo? Sacar una buena nota en un único examen que se realizaba al final del curso.
Todo este planteamiento obedecía a una pedagogía y a una concepción de la música que tenía sus orígenes en un pasado que empezaba a estar demasiado lejano. Algunos compositores y teóricos de la segunda mitad del siglo XIX eran muy precisos: la música tenía una doble característica, la artística y la científica, las leyes aritméticas por el ritmo, la lingüística por la melodía y las vibraciones que produce la resonancia de los cuerpos por la armonía, establecen las características artísticas y científicas de la música (Vincent D’Indy, "Cours de Composition Musicale, Premier Livre").
Los materiales para aprender música tomaban como referencia una determinada concepción musical; los parámetros se constituían de acuerdo con la tradición clásica europea; el repertorio de música de cámara, sinfónico y la ópera definían las características del lenguaje musical.
Durante muchos años, la enseñanza de la música ha tenido planteamientos que parecían inevitables. El instrumento se tenía que enseñar individualmente; se establecía así un vínculo entre el profesor de instrumento y el alumno. También eran necesarios unos conocimientos teóricos previos a la interpretación con el instrumento. ¿Cómo se puede interpretar si no se sabe leer?
El programa del Conservatorio no diferenciaba entre los diversos intereses de los alumnos; se dirigía al estudiante hacia el objetivo final, interpretar el “gran” repertorio clásico.
Para los alumnos que pretendían conocer el repertorio “clásico”, y para los que se proponían una posible profesionalización, el Conservatorio podía resultar satisfactorio, pero, ¿qué pasaba con los alumnos que querían una relación con la música diferente o estaban interesados en otros estilos, géneros o periodos históricos?
2.
Las transformaciones sociales de la segunda mitad del siglo XX han hecho que la enseñanza de la música empezara a plantearse como un conocimiento y una práctica, con incidencia en el ámbito formativo de los niños y de los jóvenes, y que influía en su personalidad y en su entorno. Los músicos de mi generación hemos vivido directamente este profundo cambio pedagógico, de orientación y de objetivos.
A lo largo de los años he podido participar en diferentes escuelas y conservatorios. La primera de ellas, la escuela Zeleste de Barcelona, proponía diferencias importantes con la enseñanza convencional; era flexible con los contenidos, combinando diferentes tipos de música, clásica, contemporánea o jazz: eran los últimos años de la década de los setenta y principios de los ochenta, una época de profundos cambios.
Posteriormente, y hasta diciembre del año 1986, ejerciendo como profesor en el Conservatorio Profesional de Música de Badalona, reglado y centrado fundamentalmente en la música clásica, conocí directamente los beneficios y las limitaciones de la enseñanza “profesional”; finalizada esta etapa, me sugirieron diseñar y coordinar la emisora de radio Cataluña Música. Esta fue una experiencia extraordinaria para estudiar y constatar cómo difundir la música, cómo hacerla llegar a los oyentes, conocer las preferencias de la audiencia e indagar en la posibilidad de ampliar sus conocimientos e intereses. También fue una experiencia fundamental para intercambiar información con países de todo el mundo, descubrir coincidencias y diferencias.
Después de las Olimpiadas de Barcelona, reanudé la docencia en varias escuelas municipales de música. Es en esta época cuando se plantea la necesidad de un cambio de modelo; desde algunos ayuntamientos con inquietudes sociales, se piden proyectos inclusivos que permitan el acceso a la música de un mayor número de niños y jóvenes.
La necesidad de iniciar una nueva etapa pedía un cambio; las prioridades de la escuela pública dedicada a la enseñanza de la música se estaban replanteando. El objetivo era sustituir la clase individual y el excesivo protagonismo de los conocimientos teóricos para avanzar hacia la música en grupo, participativa y diversa.
Jesús Rodríguez Picó
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